El último emperador


La ciudad prohibida, o ciudad pérdida, es un complejo de edificios de unos 720.000 metros cuadrados ubicado en el centro de la ciudad de Pekín. Comprende salones, palacios, templos, jardines, bibliotecas y dependencias que sirvieron de hogar a las dinastías imperiales chinas y a sus miles de sirvientes, eunucos y concubinas por unos 500 años. Símbolo del esplendor y la grandeza de la civilización china, en 1987 fue considerado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Este es el escenario en que se rodó buena parte de la monumental obra del director italiano Bernardo Bertolucci, El último Emperador (1987).

    


La cámara encuadra desde el interior de una estación custodiada por militares un tren de carga que se acerca, cuadro cuya leyenda incrustada al pie de pantalla subraya: Manchuria 1950 the chinese-Russian border. En el siguiente corte, se abre la puerta y se ven las caras de varios hombres de ojos rasgados vestidos con abrigos, sombreros y orejeras de lana que bajan del tren. Enseguida la cámara hace un primer plano del rostro de un sujeto oriental con anteojos y sombrero de fieltro, quien también desembarca del vehículo; en ese instante se oye la orden que indica que los criminales de guerra irán al salón de espera principal y allí recibirán instrucciones.

Los prisioneros son escoltados por centenares de guardias, la cámara avanza y registra un grupo de hombres encaramados en un andamio pintando un fresco del joven Mao y las banderas rojas de la revolución en el salón principal. El mismo hombre con sombrero mira perplejo el muro. Otros prisioneros en harapos lo reconocen y murmuran “el emperador”, se le abalanzan a sus pies y lo saludan como “Su majestad”. El suceso causa conmoción y otros reos apartan a los adulones. En un intento de huir del reconocimiento público, el hombre con sombrero y gabardina negra se encierra en uno de los baños. Allí se corta las muñecas y sumerge ambas manos en agua caliente en el lavatorio. La sangre brota a borbotones mientras aprieta los puños. Ésta escena viene cargada de un valor simbólico sublime: Un individuo de sangre real, prisionero junto a cientos de miles de individuos rústicos y corrientes, quiere terminar con su desventurada vida. Desde afuera un guardia le ordena que abra la puerta, él no contesta y contempla atónito su propio semblante en el espejo de la habitación del retrete.


El flashback abre las puertas de un palacio, un séquito de sirvientes y caballeros montados a caballo escolta un palanquín oriental en el que se custodiará al pequeño emperador en su interior. Con la disposición expresa que se presente de inmediato en la ciudad prohibida, por voluntad de su tía la emperatriz Cixi, el infante de tres años es llevado al encuentro real. La vieja mujer recibe al niño de forma halagüeña. Ella le confiere el título de emperador chino antes de morir.  

Pu yi fue el último de los emperadores de la dinastía Qing que habitó en el palacio imperial, antes de su abdicación en 1912 y posterior expulsión en 1924. La infancia y juventud del emperador chino queda captada de forma extraordinaria en la obra maestra del director de El último tango en París. Los rituales y ceremonias de la civilización china aparecen en toda su grandeza. La escenografía, la fotografía y el vestuario, inmejorables. La superproducción estuvo a cargo de cinco países: China, Italia, Reino Unido y Francia. Y contó con numerosos premios internacionales, entre ellos los Oscar a mejor director y mejor película en 1987.  


Bertolucci juega simultáneamente con dos temporalidades: la biografía en libertad de Pu yi y sus diez años de recluso en la cárcel. Como sucedió en occidente, el poder real dejó de gobernar en oriente y pasó a significar un mero reducto simbólico del antiguo régimen. El emperador vive sus primeros años de vida recluido en la ciudad prohibida conservando en vano la cultura y tradición de su decadente dinastía, al tiempo en la China exterior se instaura un gobierno de corte republicano. Los edictos de tratamiento favorable permiten que el emperador con sus miles de eunucos y lacayos, continúen viviendo en el palacio por unos cuantos años. Pese a esto, la penetración de la cultura occidental socava todos los cimientos del mundo imperial. Al emperador se le asigna un tutor inglés, Reginald Johnston, que le enseña matemáticas e historia occidental. Cuando Pu yi decide usar anteojos y cortarse la tradicional trenza o coleta, emblema característico de la dinastía Manchu, rompe así con formalidades y costumbres ancestrales.



El emperador le confiesa a su tutor que quiere viajar y estudiar en Oxford. Tener un automóvil. Y aprender inglés y francés. Luego de ser expulsado del palacio, ya casado con dos mujeres, decide mudarse con sus riquezas a la provincia de Tianjin, allí desarrolla sus aptitudes en el canto y el baile del jazz estadounidense. De 1934 a 1945, fue el emperador títere del gobierno japonés en la colonia nipona de Manchukuo, anteriormente Manchuria. Con la rendición pública del Japón pronunciada por el emperador Hirohito en la segunda guerra mundial, y la incursión de las fuerzas soviéticas en Manchuria, Pu yi resulta siendo entregado a los ejércitos de la república popular China. Este trasfondo histórico acompaña el relato biográfico del ocaso o la decadencia de un soberano que intenta recobrar el poder que las circunstancias adversas le han arrebatado.



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