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Las armonías de Werckmeister



Interesante film del director húngaro Béla Tarr, estrenado en el año 2000. Adaptación cinematográfica del libro Melancolía de la resistencia de Lazlo Krasznahorkai. Según algunos portales, escenifica la Hungría de la post-guerra ocupada por la Unión Soviética.  

El primer plano secuencia en la taberna, en que el protagonista János Valuska (Lars Rudolph) dirige a los borrachines representando al sistema solar, tiene un toque ridículo y picaresco que siembra buenas expectativas. Estos hombres viejos y desaliñados, dando vueltas y vueltas, uno haciendo de sol mientras agita las manos, otro ejecutando el movimiento de traslación y rotación de la tierra; todos guiados por un muchacho que gusta de la astronomía y los misterios del espacio exterior.



Enseguida Valuska abandona la taberna y se dirige a casa de su tío el señor Eszter (Peter Fitz), un octogenario intelectual que está obsesionado con las teorías musicales de Andreas Werckmeister. El sobrino le ayuda a quitarse las ropas diurnas y ponerse el pijama. La escena impregnada de cotidianidad y vigorosa realidad, encuadra dentro de las más inolvidables de la obra. La habitación de Valuska también tiene esta cualidad de “neorrealismo”: las paredes sucias, el camastro desarreglado y el tizne en los enseres. Desde luego, es la Hungría de la post-guerra y el spleen sórdido de la desesperanza circunda los lugares más recónditos del pueblo.     

La noticia de la llegada de la ballena más grande del mundo causa revuelo entre la población. Anunciado como todo un espectáculo circense, la curiosidad de Valuska no da espera y va al encuentro del enorme cetáceo embalsamado. Ingresando a hurtadillas en el tráiler donde ocultan al animal, oye sin intención una extraña conversación entre el director de la exhibición y la sombra de lo que parece un diminuto y despreciable ser, el príncipe, quien entre gritos y gruñidos de insubordinación respalda los motines y el caos que se avecinan.

El levantamiento de la turba enardecida que destruye todo a su paso, tiene motivos inexplicables. ¿Por qué prenden hogueras en la plaza central?, ¿qué causa tanto descontento y alboroto?, ¿quieren la revolución proletaria?, ¿por qué arrasan y despojan lavanderías y hospitales?, ¿por qué apalean con garrote ancianos y enfermos indefensos? Un torrente cargado de odio y furia deja en ruinas y escombros el poblado. Un largo Travelling frontal graba a los enfurecidos manifestantes caminando rumbo al hospital, lugar donde desahogan su cólera en la vorágine de la violencia. En el cuadro final, iluminado de luz y sombra, el señor Eszter conversa con un János Valuska que ha caído irremediablemente en el autismo.




En lo personal, no había tenido ocasión de ver la obra de Béla Tarr. No me desilusionó y tampoco me encantó. Tiene un estilo de narrar cuyo valor reside en la lentitud del tiempo. Los planos secuencias son larguísimos y embriaga con un ambiente de tedio y aburrimiento. La extraordinaria música es desperdiciada en tiempos muertos. Pese a que tiene el distintivo filosófico de reflexión y contemplación por las imágenes del cine europeo, no sentí gran conexión emocional ni intelectual con esta cinta. 

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